La nostalgia de los Pop up

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Gráfica que acompaña la exposición

La Biblioteca Nacional de España inauguró el 10 de junio del 2016 una exposición sobre los precursores de los libros desplegables o pop-up, titulada “Antes del Pop Up. Libros móviles antiguos en la BNE. Aunque hoy en día estos libros se asocian a la literatura infantil, los libros con elementos móviles tienen una larga y desconocida historia de más de 700 años. La misma que esta exposición procurará develar. Se agradece que los curadores hayan considerado, también, las instrucciones de montaje de los móviles (o partes que componen cada libro pop up). Tarea nada fácil si se considera que cada uno puede llegar a tener una infinidad de piezas de diversos tamaños. Lo mismo se complementa con la colección de emephera que resume las dos técnicas de los libros pop up hasta el siglo XVIII: las solapas y las volvelle (del latín, volvere, girar). Éstas eran construcciones de papel en forma de rueda, formadas por discos unidos por un pivote central que permitía su movilidad. Eran muy utilizados, sobre todo, en libros de astronomía y medicina, para facilitar la interpretación de diferentes datos.

 

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Ejemplo de volvelle o rueda

Como ya habíamos mencionado en La ingeniería del papel el concepto pop-up hace referencia a libros que guardan en su interior elementos interactivos y figuras tridimensionales hechas de papel. Estos pequeños tesoros esconden dentro de sus cubiertas numerosas piezas y estructuras, como por ejemplo lengüetas, pestañas, solapas, carruseles, ruedas o volvelles. Los libros pop up son productos editoriales elitistas, que obviamente resultan caros debido al proceso manual que requieren, pero sin duda se trata de creaciones casi mágicas que tienen su punto de atracción en la interactividad. El lector debe tirar, abrir, girar, destapar… en definitiva, tocar el libro de manera activa, lo cual hace que se sienta parte de él.

Estas figuras de la llamada ingeniería del papel y de las artes gráficas comenzaron a hacerse populares durante el siglo pasado. Los primeros ejemplares datan del siglo XIII, cuando a algunos manuscritos se les añadieron los volvelles. 

“Con esta exposición, hemos pretendido contar toda la historia de los libros anteriores a los denominados pop-up”, comenta Gema Hernández -curadora de la exposición-  “la muestra comienza presentando el concepto tal y como se entiende ahora, relacionado con la literatura infantil”.

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Detalle del volvelle del Kalendarium, obra de 1482.

Partiendo de esta base, más cercana al público actual, la exhibición recoge ejemplares desde el siglo XV hasta el siglo XX. No obstante, el grueso de la colección pertenece a los siglos XVI y XVII, cuando las técnicas utilizadas eran la rueda giratoria y las solapas. «Las obras más antiguas que hemos localizado en la Biblioteca Nacional y que pueden verse en la exposición datan ambas del siglo XV. Una es un Tratado de astrología manuscrito del Marqués de Villena y un Kalendarium de Johannes de Regiomontanus, en edición incunable impreso en Venecia en 1482», señala también la curadora.

Los temas más recurrentes de la exposición son los relacionados con la astronomía y la navegación, principalmente. Brújulas y astrolabios de papel llenan las páginas de estas curiosas y desconocidas obras.  Originalmente, la principal preocupación de este tipo de material «era el contenido y la funcionalidad. Esto no significa que se descuidara la presentación y la estética, pero en general eran libros didácticos con usos mnemotécnicos, de cálculo. Eran libros que tenían un sentido científico que ya ha perdido”, señala Gema Hernández. La razón para publicar este tipo de libros tan particulares solía responder al deseo del propio autor, como sucedió con los astrónomos y matemáticos Petrus Apianus y Johann Regiomontanus, quienes llegaron a tener sus propias imprentas para poder producirlos. Pero también hubo impresores que añadieron estos elementos móviles a obras de autores antiguos que no los incluían en origen, como sucedió con el Tratado de la esfera de Johannes de Sacrobosco.

Es evidente que en una época en la que la imprenta estaba todavía en pleno desarrollo, la producción de este tipo de libros proporcionaba al impresor, más allá de beneficios económicos, un prestigio ante sus clientes. Además de conocer las técnicas de impresión, la complejidad de estos libros exigía pericias en el manejo de troqueles o en el manipulado de las diferentes piezas que debían ser encajadas cada una en su lugar.

Joyas preciosas entre tesoros bibliográficos

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Astronomicum Caesareum, obra de Petrus Apianus

«Podríamos distinguir dos tipo de obras. Por un lado, las magnas obras de presentación, como el Astronomicum Caesareum, impreso en Ingolstadt en 1540, en el que Petrus Apianus invierte ocho años. Es un libro en gran folio, con 36 figuras de las cuales 21 son móviles y están completamente policromadas. Era un volumen dedicado a Carlos V y, por fuerza, tenía que ser una obra muy laboriosa. Por otro lado, estaban el resto de libros que no implicaban mayor dificultad de impresión, pues la parte móvil la construía el propietario o su encuadernador, porque no todos los libros salían de la imprenta con los móviles montados. De hecho, es frecuente encontrar ejemplares cuyas figuras nunca se recortaron y montaron», explica Hernández Carralón.

El atractivo estético de este tipo de productos, que lo acercan al capricho y al fetiche, así como su probada utilidad para el estudio determinadas ciencias, provocó que cada vez fueran más los impresores que se animaron a editar estos complejos libros, hasta convertirse en una moda que se extendió por todo el continente.

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Una de las páginas del Catoptrum microcosmicum, mostrando el aparato digestivo gracias a las solapas superpuestas

 

 

 

Impacta sobremanera el Catoptrum microcosmicum de Johann Remmelin  por su superposición de hasta 120 solapas de papel superpuestas, las cuales representan las diferentes capas del cuerpo humano: piel, esqueleto, órganos internos. También son muy curiosos el libro de emblemas del jesuita Jan David, Veridicus Christianus, que incluye una rueda de azar, o la confesión recortada del franciscano Leutbrewer, con 900 pecados impresos sobre solapas extraíbles para que el penitente los consulte sin necesidad de pasar por el trago del sacramento. Otra obra relevante es I dieci libri dell’architettura de Vitruvio, en la edición veneciana de 1556 de Marcolini.

 

Y siguiendo con la temática religiosa, aunque en este caso más relacionados con la superstición y el azar, son obras que contienen ruedas de la fortuna, como la Alegoría de la muerte de Andrea Andreani de 1588; ruedas astrológicas como el de Giovanni Paolo Gallucci, publicado en 1605 y que marca los signos del zodiaco y los ascendentes astrológicos; o como es el caso del curioso Libro delle sorti de Lorenzo Spirito. A este libro -que data de 1528- se le realizaban preguntas que inquietasen al lector, relacionadas con la guerra, la cosecha o la vida sentimental. Posteriormente el inquisitivo lector era remitido a diferentes páginas para obtener una respuesta.

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Libro delle sorti, de Lorenzo Spirito (1528)

Galería de imágenes con algunos de los ejemplares más destacados:

 

Sobre Claudia Gilardoni

Bibliotecóloga especializada en conductas lectoras y alfabetización académica, ámbito en el cual ha realizado estudios documentales y de campo, así como también investigaciones experimentales para diversas entidades públicas y privadas. Actualmente se dedica a la gestión de bibliotecas académicas en una universidad privada chilena y dirige la Fundación Leamos Más.

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